16 de febrero de 2016

MONSTRUA UN DOS TRES

Como si a los 21 años hubiese quedado momentáneamente poseído por un monstruito que tiraba de él hacia el sur, Richard Wagner, se dejó llevar por lo que él consideró con el tiempo “un pecado de juventud”. Se trata de una debilidad a la que dio nombre: La prohibición de amar. Y en ella se mezclaban influencias francesas, belcantismo a medias entre Bellini y Rossini, además de una herencia germana que le siguió acompañando, como la de Carl Maria von Weber.

Entre Ivor Bolton, director musical del Real y el danés Kasper Holten, encargado de la escena, han tenido que pulir más o menos una hora y media de lo escrito –diálogos incluidos- para conseguir un espectáculo que no supere las tres horas. “Si no hubiese sido imposible representarla”, añade Joan Matabosch, director artístico del Real.